Deconstruir “el mal menor”, discutir el estigma

El domingo escribimos esta nota pensando en la importancia de proteger a nuestros jóvenes sin imaginar que el lunes por la noche un pibe de apenas 13 años sería asesinado en Chaco ante el recrudecimiento del hambre y la desigualdad social. Los invitamos a reflexionar sobre las representaciones de los jóvenes y el estigma de pibe chorro.

“En América Latina cuando los jóvenes se hicieron visibles en el espacio público, y sus conductas, manifestaciones y expresiones entraron en conflicto con el orden establecido desbordando el modelo de juventud que la modernidad occidental, en su versión latinoamericana, les tenía reservado; fueron nombrados a fines de los ´50 y durante los ´60 como rebeldes, y como estudiantes revoltosos al finalizar esa misma década, pasando en los ´70 a ser los subversivos, y en los ´80 -cuando desaparecen de la escena política- serán adscriptos a la imagen del delincuente y luego del violento. Estos son los jóvenes visibilizados en la segunda mitad del siglo XX en América Latina”

Como en otros tantos momentos, en los que los intereses de un modelo restrictivo en lo económico se ven amenazados, a inicio de 2018 cobró fuerza la visibilidad en la agenda del pequeño delito. Y en particular de la peligrosidad de los jóvenes de barrios populares. Esto llega a su paroxismo con la celebración por parte del presidente de la nación de un asesinato por la espalda y de una ministra de seguridad que escarnece a los militantes populares de La Garganta Poderosa.

La situación de escalada de violencia hacia los jóvenes avanza a medida que su brutalidad se naturaliza: comenzó con videos por el 2016 de policías reteniendo menores, siguió con las racias en los transportes públicos, hubo linchamientos justificados ante presuntos actos de robo, el fusilamiento de mano de Chocobar, esta semana se materializa con el asesinato ocurrido en Chaco el lunes por la noche de un joven de 13 años. No es casual que señalen a los pibes.

Instantáneas

Durante el año 1995, la aparición en los medios de noticias referidas a delitos cometidos por niños y jóvenes se incrementó notablemente. Emergían nuevamente, las ya por entonces, viejas polémicas en cuanto a los umbrales de edad pertinentes para definir una responsabilidad penal.

En los albores del 2001, cuando un creciente desempleo y avance de la protesta social llevó a Patricia Bullrich, por ese entonces Ministra de Trabajo, a firmar un acuerdo junto a los piqueteros de la Matanza, los medios de comunicación redescubrieron la delincuencia juvenil y su peligrosidad. En los medios audiovisuales se repetían una y otra vez los mismos casos.

En 2004, tras el asesinato de Axel Blumberg, los medios se hacían eco de una “movilización ciudadana” luego de ocultar e ignorar el asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillan por parte de la policía y de Martín “el Oso” Cisneros, estigmatizando también cada movilización popular. El eco que el padre de Axel Blumberg encontró en los medios permitió a este falso ingeniero reclamar penas más duras, las cuales encontraron respuesta en el Congreso de la Nación de forma escandalosamente express. Las polémicas surgidas en ese momento volvieron a avanzar en señalar a los jóvenes de clases populares como peligrosos.

En 2008, luego del conflicto entre las oligarquías agroextractivas y el capital financiero contra el Gobierno Nacional a causa de no querer pagar impuestos, los medios de comunicación reactivan las reiteraciones incesantes en agenda de las cuestiones de inseguridad y vuelven a centrarlas en los jóvenes de sectores populares. La inseguridad como entidad en sí misma estaba sobre todos nosotros, a punto de violentar nuestros cuerpos de la mano de un subalterno.

En la actualidad, ante un nuevo resurgir de la protesta social, las demandas de empleo y justicia social, la demostración espectacular de hechos de inseguridad es reactivada. Para aplicar un ajuste económico brutal y un desguace del Estado sin precedentes en tiempos democráticos, el gobierno de Mauricio Macri necesita muchos Chocobar y doñas rosas que lo aplaudan.

Tal como lo expone Mercedes Calzado en El prestidigitador, esto no implica “nada nuevo en un sistema en que la selectividad (policial, judicial y mediática) hace que el delincuente sea siempre culpable, hasta de su asesinato. Algo parecido ya sucedió en otras épocas cuando la legitimidad política se enmarcó en el llamado a ‘meter bala a los delincuentes’ o en ‘la lucha contra la delincuencia subversiva’”.

Sin embargo, en todas esas fechas la vinculación entre jóvenes y delito no refleja la realidad.  El monitoreo denominado “Visiones sobre las y los jóvenes pobres en los medios gráficos argentinos” (2016), determinó que «el 60 por ciento de las noticias que hablan sobre jóvenes los asocia a delitos», aunque no como víctimas sino como causantes de violencia. En Argentina los crímenes cometidos por jóvenes menores de 18 años representan sólo el 3,2 por ciento de los homicidios.

Los discursos estigmatizantes sobre los sectores populares, además, se desplazan desde la criminalización de la pobreza a la criminalización de la protesta. Una de las pistas para verificarlo es ver los momentos en los que la agenda de la inseguridad resurge en el escenario de los medios y cómo coincide o no con momentos de surgimiento de la protesta social.

Pero en el barrio pasan otras cosas

A fines de 2008 el barrio de Bajo Flores era para Clarín la zona más peligrosa de Buenos Aires, tierra de narcos, territorio tomado. Inundados de esa jerga clasemediera de los agentes corporativos de la información, un grupo de murgueros, folkloristas y hiphoperos del barrio, junto al Culebrón Timbal dieron forma a la Caravana Cultural de los Barrios respondiendo al discurso hegemónico.

Así fue que en el playón de CooPa (Cooperativa de Promoción y Aprendizaje) se dispuso un escenario y, sobre los costados del mismo, distintos artesanos y productores del barrio ofrecían sus productos replicando el modelo del mercado y de la feria popular. Ese día hubo grupos de danza, músicos de hip hop del barrio y reguetoneros salidos de los pasillos desde donde dicen sale la violencia, la inseguridad y todos los males. El cierre estuvo a cargo del Culebrón Timbal. Sobre el final del festival Arroz-con-pollo, un presentador y animador de grupos de cumbia que forma parte del Culebrón dijo: Nos dicen que somos delincuentes, que vendemos, que somos narcos, pero somos mucho más que eso, somos gente que labura, que vive, que festeja.

Y agregó: Desde entonces, hace 10 años atrás, venimos señalando los estigmas que producen los agentes corporativos de información y también el modo en el que las acciones culturales ponen en juego un gesto herético, que irrumpe y alza la voz.

Y así ¿el sentido de lo ciudadano se amplía?

Los medios han reiterado la construcción de estereotipos sobre los jóvenes de sectores populares: gorras, equipos de gimnasia, violencia, abuso de droga y pequeña delincuencia. Esta reiteración se ha transformado en una marca en ellos, en un estigma, un atributo profundamente desacreditador que funciona como disciplinador estructural y abre el juego a la discriminación reduciendo en la práctica sus posibilidades de vida.

Los pibes que participan en los Festivales de Hip hop “Mi cara, mi ropa y mi barrio, no son delito” retoman las experiencias de intervención cultural y discusión de estigmas a través de la cultura.  Ellos señalan y reconocen la existencia del Estado Cobani de la Ciudad de Buenos Aires.

Surgieron interrogándose: “¿Cómo protegernos del avasallamiento de la policía, de la imposibilidad de estar y disfrutar en el barrio con los pibes?”. Los festivales son un vehículo de expresión para una realidad que en los barrios humildes parece ser moneda común: la violencia institucional.

La discriminación constante por portación de cara y de ropa es mencionado por los jóvenes como el principal hecho que atraviesa su realidad y se cristaliza en una serie de injusticias que implican la ausencia de una oportunidad de ascenso social real. Carlitos, uno de los raperos que participa del festival, dice contundente: “La gente no le quiere dar la oportunidad a los pibes, la gente de arriba no quieren que nosotros aprendamos, que los pibes sepan lo que está pasando, quieren que vivamos en la villa rodeados de cobanis y no salgamos a ver la realidad”.

Por esto hay una indiscutible necesidad de representarse a sí mismos desde un lugar que es lo que no se dice de sí, lo que omiten decir sobre los villeros aquellos a quienes llaman “la TV”, “los de arriba”. El estigma se asume, se negocia y se resignifica, tal y como plantea Grimson. Así los jóvenes pueden discutir, desarmar y rearmar sus modos de percibirse a sí mismos, a los otros y a la sociedad. Las acciones culturales pueden entenderse como formas de disputa.

Algo ha cambiado, dentro de mí

La obra multimedia de Culebrón Timbal El Cuenco de las Ciudades Mestizas, elaborada de forma participativa junto a los pibes y pibas de Cuartel V, Moreno, intentó discutir el relato de los medios, que sólo tematiza como violentos a los jóvenes de los barrios populares. Esta producción cultural generó el fortalecimiento de la identidad de un grupo de pibes que interviene en la realización y, al mismo tiempo, genera visibilidad pública y discute los modos representación de estos pibes ante la sociedad.

Los festivales “Mi cara, mi ropa, mi barrio no son delito” conforma un significante en donde se deja asentado como premisa que hay la necesidad de poner en evidencia, de justificar que todo eso que es mío – de ellos – no es delito, no es algo malo, es otra cosa. Se contrapone también a una idea nacional, difundida desde los medios masivos de comunicación, sobre cuál es la cara de la seguridad y cuál es la cara de la inseguridad; desarrollándose así un regionalismo ubicado especialmente en la zona sur de la ciudad que reivindica su identidad y desmiente esa imagen construida de qué y quiénes son inseguros, poniendo en primer plano las desigualdades sociales.

Este aspecto de la denominación del Festirap moviliza sentimientos individuales y los hace colectivos. Genera vínculos a partir de una identidad negada, la de no ser inseguro o una amenaza, y da espacio simbólico a lo que sí son: jóvenes con derechos humanos y civiles, que también sufren inseguridad, una inseguridad que incluye un Estado que los discrimina y una sociedad que los estigmatiza.

Inseguro es el gobierno de Mauricio Macri que amplía más y más la desigualdad social. Inseguro es también el recorte del Estado que busca destejer el entramado social para que reine el mercado y el FMI aplauda contento. Se enfocan en los pibes primero para justificar luego la represión de las protestas.

Si la policía avanza sobre nuestros derechos civiles, realizan racias y detienen a jóvenes con la excusa de averiguar antecedentes ¿Cuál sería el problema de que actúen grupos de inteligencia encapuchados cazando gente al final de una protesta? En la última marcha en defensa de la universidad pública (30 de Agosto del 2018) uno de estos grupos se llevó detenido a Matías Baglioni, estudiante de ingeniería Civil de la UTN. No naturalicemos el Estado Policial.

Rompamos el cerco mediático

Si bien es importante la realización de diferentes actividades en los barrios que legitimen su lugar, que resignifiquen los estigmas que los atacan todos los días y peleen para que socialmente los sentidos construidos sean otros que los incluya y no queden excluidos del sistema, resulta fundamental ir más allá de los microespacios en los que se mueven, salir a discutirlos a nivel macro. Las acciones barriales como respuesta logran resignificar los lazos inmediatos y su percepción sobre sí mismos, pero no alcanza ante el discurso dominante.

Como ciudadanos podemos difundir, expresar nuestro desacuerdo ante miradas estigmatizantes y podemos también denunciar cuando vemos un hecho de abuso policial. Recave, por ejemplo, realiza un registro de casos de Violencia Estatal ocurridos en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y en el Conurbano (link aquí) .

Desde el Poder Judicial, hay jueces, fiscales y abogados que llevan adelante la pelea y es importante que esto se amplifique. En Catamarca, el Juez Rodrigo Morabito prohibió que los menores sean demorados por no portar DNI, como por “merodeo” y las otras subjetividades del olfato policial que no tienen soporte legal alguno, además anuló todo procedimiento donde hubiera menores detenidos en las denominadas “racias”.

Los medios comunitarios y autogestivos podemos decidir comunicar con otra mirada y darle voz a quienes no tienen voz en la disputa por la hegemonía, no dejarle solo a los medios dominantes la construcción de la inseguridad.

Podemos hacer algo más que lamentarnos.